Conocer para conservar: cuando la ciencia se convierte en una herramienta para decidir

Hay algo profundamente valioso en querer entender cómo funciona la naturaleza.

Durante siglos, biólogos y ecólogos se han dedicado a observar, describir y tratar de comprender la enorme diversidad de formas de vida que nos rodean. Gracias a esa curiosidad conocemos especies que antes eran invisibles para nosotros, entendemos relaciones ecológicas extraordinariamente complejas y hemos descubierto procesos que sostienen ecosistemas enteros.

Muchas veces, además, los conocimientos que hoy resultan fundamentales para la conservación comenzaron con una pregunta que no pretendía resolver ningún problema inmediato.

Por eso, defender una ciencia orientada a la conservación no significa cuestionar el valor de la investigación básica. Al contrario: significa reconocer que nuestro conocimiento sobre la biodiversidad se construye poco a poco, gracias al trabajo acumulado de personas que estudian especies, poblaciones, ecosistemas, genes, comportamientos, interacciones y procesos ecológicos.

 

Pero vivimos también en un momento particular.

La pérdida de hábitats, el cambio climático, la contaminación, las especies invasoras, la sobreexplotación de recursos y muchas otras presiones están transformando los ecosistemas a una velocidad extraordinaria. Y frente a estos cambios, gobiernos, comunidades, organizaciones y gestores de áreas naturales tienen que tomar decisiones constantemente.

¿Dónde debería establecerse una nueva área protegida?

¿Qué poblaciones necesitan atención urgente?

¿Qué ecosistemas son más vulnerables?

¿Una estrategia de restauración está funcionando?

¿Qué ocurre si una carretera atraviesa determinado paisaje?

¿Cuánto podemos aprovechar un recurso sin comprometer su permanencia?

Responder bien estas preguntas requiere información.

Y allí la biología y la ecología tienen un papel fundamental.

La ciencia no toma las decisiones por nosotros. Las decisiones de conservación también involucran valores sociales, economía, política, cultura y las necesidades de las personas que viven en los territorios.

Pero la ciencia puede ayudarnos a comprender las consecuencias de nuestras opciones; puede reducir la incertidumbre; puede mostrarnos qué estamos perdiendo.; puede ayudarnos a distinguir entre una intervención que parece funcionar y una que realmente funciona.

Y, quizás más importante, puede permitirnos anticiparnos a los problemas en lugar de reaccionar cuando ya es demasiado tarde.

No necesitamos saber menos. Necesitamos conectar mejor lo que sabemos.

En conservación existe una paradoja interesante.

Nunca hemos tenido tanta capacidad para estudiar la biodiversidad. Contamos con sensores remotos, genética, cámaras trampa, bioacústica, modelos ecológicos, enormes bases de datos y herramientas computacionales capaces de analizar información a escalas que hace algunas décadas habrían sido inimaginables.

Sin embargo, todavía existen enormes vacíos de información precisamente sobre algunas de las preguntas más importantes para manejar y proteger los ecosistemas.

Esto no significa que los científicos estén haciendo las preguntas equivocadas.

Significa que quizá necesitamos construir mejores conexiones entre quienes producen conocimiento y quienes necesitan utilizarlo.

Un investigador que dedica años a estudiar la historia natural de una especie aparentemente poco conocida puede estar generando información que algún día resulte crucial para protegerla. Un taxónomo que describe una nueva especie está haciendo posible que esa especie exista, al menos desde el punto de vista de nuestras políticas y sistemas de información. Un ecólogo que estudia una interacción entre organismos puede descubrir procesos fundamentales para entender la estabilidad de un ecosistema.

No siempre podemos anticipar qué conocimiento será útil.

Pero también podemos preguntarnos, deliberadamente, qué información necesitamos producir hoy para responder a los desafíos de conservación que ya tenemos frente a nosotros.

Ambas formas de hacer ciencia pueden coexistir.

De hecho, probablemente se necesitan mutuamente.

La pregunta puede ser tan importante como la respuesta

En ocasiones pensamos que la contribución principal de la ciencia ocurre cuando encontramos una respuesta.

Pero en conservación, formular correctamente la pregunta puede ser igual de importante.

Antes de comenzar un estudio podríamos preguntarnos:

¿Qué decisión podría mejorar si conociéramos esta información?

No todas las investigaciones necesitan tener una aplicación inmediata. Sin embargo, cuando nuestro objetivo explícito es contribuir a la conservación, esta pregunta puede cambiar considerablemente la manera en que diseñamos un proyecto.

Puede modificar qué variables medimos.

Puede cambiar la escala espacial del estudio.

Puede hacer que incorporemos información social o económica.

Puede llevarnos a conversar con comunidades, autoridades o gestores antes de comenzar la investigación y no únicamente cuando llega el momento de publicar los resultados.

Y puede ayudarnos a producir información que no solo sea científicamente rigurosa, sino también utilizable.

 

Del artículo científico a la decisión

Existe otro desafío.

Generar conocimiento no garantiza automáticamente que ese conocimiento se convierta en acción.

Un estudio puede ser excelente desde el punto de vista científico y, aun así, nunca llegar a las personas que toman decisiones sobre el territorio.

A veces los resultados permanecen detrás de una revista especializada. Otras veces se comunican utilizando un lenguaje difícil de traducir a decisiones concretas. En algunos casos, los tiempos de la investigación simplemente no coinciden con los tiempos de la gestión.

Por eso, una ciencia para la conservación necesita algo más que buenos datos.

Necesita puentes.

Puentes entre investigadores y gestores.

Entre universidades y comunidades.

Entre modelos ecológicos y políticas públicas.

Entre publicaciones científicas y decisiones territoriales.

Construir esos puentes también es parte del trabajo de conservar.

 

Conocer para poder elegir mejor

La biodiversidad enfrenta un futuro lleno de decisiones difíciles.

No podremos proteger todo de la misma manera ni intervenir en todos los lugares al mismo tiempo. Tendremos que priorizar, experimentar, evaluar resultados y, muchas veces, corregir nuestras estrategias.

En ese contexto, el conocimiento se convierte en una de nuestras herramientas más importantes.

No porque la ciencia tenga todas las respuestas.

Ni porque cada investigación necesite justificar inmediatamente su utilidad; sino porque cuanto mejor comprendamos los sistemas naturales, mayores serán nuestras posibilidades de reconocer las consecuencias de nuestras decisiones.

Tal vez el desafío para las próximas décadas no sea elegir entre conocer la naturaleza y conservarla.

Tal vez sea conseguir que ambas aspiraciones estén cada vez más conectadas.

Seguir observando.

Seguir describiendo.

Seguir preguntándonos cómo funciona la vida.

Pero también preguntarnos, cada vez que sea posible:

¿Qué necesitamos saber hoy para tomar mejores decisiones sobre el mundo natural que queremos conservar mañana?

Comments

Popular posts from this blog

The New Conservation Professional: Technical Expertise Is No Longer Enough

When Life Demands a Pause

Uniting for Conservation: Our Collective Responsibility for a Sustainable Future